La muerte
es el regalo más hermoso que nos brinda la vida.
Por:
Yiseth Rodríguez
Todo comenzó un 25 de abril. Un intempestivo golpe llamó a mi puerta. Me dirigí de forma veloz a ver
quién interrumpía la tranquila noche que cobijaba mis sueños. Y qué sorpresa
fue verlo a él, mi mejor amigo debajo de un cielo estrellado y una brisa que
acariciaba su rostro, contaminado por una mirada caída y triste, como la de un
niño cuando le arrebatan un dulce.
Se acercó a mí, con su voz
titubeante y ronca. De lo que me dijo en ese momento, sólo pude entender:
-¡nena lo siento!, y sí que lo sentía. Sus ojos demostraban que de verdad
estaba arrepentido. De hecho, por un instante pensé en enojarme con él, por
levantarme a esa hora, pero luego comprendí que hablaba con el corazón. La
verdad no entendía por qué se disculpaba
conmigo, la levantada no era suficiente
para excusarse tan hondamente. Después de unos segundos de verlo con lágrimas en los ojos y con sus
manos sudadas, comprendí que lo que tenía que decirme era muy importante,
así que lo invité a pasar. Siguió con
pasos inseguros y lentos, como si tuviera miedo de estar ahí. De repente se detuvo,
y como un rayo me jaló y plasmó un beso en mi boca.
